Arte
El vínculo eterno: explorando la relación del artista con el mar
Pía Dalesson
Lic. en Artes/ Gestora cultural
comunidadpanarte@gmail.com

El mar, y su universo secreto submarino, ha sido durante mucho tiempo una musa para los artistas, inspirando asombro, contemplación y creatividad. A lo largo de la historia, los artistas han quedado cautivados por su belleza siempre cambiante, su naturaleza tumultuosa y su profundo simbolismo. Desde lo sereno hasta lo tempestuoso, el mar ha proporcionado un rico tapiz para la expresión artística, invitando a los artistas a profundizar en sus profundidades, tanto literal como metafóricamente.

Uno de esos artistas fascinados por el mar fue Henri Matisse, cuya obra maestra Le Ciel (El cielo) encarna la esencia etérea de la vida costera. Este tapiz fue diseñado por Henri Matisse (1869-1954) quien creó dos piezas en 1946 que se llamaron Polinesia: el Mar y Polinesia: El Cielo.

Desde 1965, el tapiz fue prestado a la ONU por el Museo de Arte Moderno de París.

En 1981, el Ministro francés de Asuntos Exteriores, Jean Francois, anunció que el tapiz “La Ciel” (El Cielo) sería regalado a la ONU después de haber estado en préstamo en este organismo durante casi 20 años. Este tapiz es uno de los favoritos del recinto, ya que utiliza los colores de las Naciones Unidas, azul y blanco, y las palomas ejemplifican las aspiraciones de paz de la ONU.

© UN. Henri Matisse. Polinesia: El Cielo (Le Ciel). Textil

En contraste con el tranquilo tapiz marino de Matisse, el icónico grabado en madera de Katsushika Hokusai, La gran ola frente a Kanagawa, representa el poder puro y el dinamismo del océano. Esta obra maestra de la famosa serie Treinta y seis vistas del monte Fuji captura el impresionante espectáculo de una ola imponente que se estrella contra los pescadores en sus frágiles barcos. La descripción que hace Hokusai del mar como una fuerza formidable de la naturaleza resuena en los espectadores, transmitiendo tanto la belleza como el peligro inherente a sus profundidades.

Los dibujos eran obras únicas que realizaba el pintor con pinceles directamente sobre papel o seda. Posteriormente el artista, llamado eshi, llevaba la obra a un horishi, o grabador, quien pegaba el dibujo sobre un panel de madera, generalmente de cerezo, y eliminaba todo al ir tallando cuidadosamente el panel para formar un relieve con las líneas del dibujo. Finalmente, ya con las planchas necesarias (usualmente se utilizaba una por cada color necesario), un surishi, o impresor, llevaba a cabo el trabajo de impresión colocando el papel de estampación sobre las consecutivas planchas. La impresión se realizaba frotando una herramienta llamada baren sobre el dorso de las hojas. Este sistema podía producir variaciones de tonalidad en las estampas. De una serie de planchas podían hacerse una gran cantidad de copias, a veces contadas en miles, hasta que las planchas se desgastaban.
Dada la naturaleza del proceso de realización, la obra final era el resultado de un trabajo colaborativo donde el pintor generalmente no participaba en la impresión de las copias.

© La gran ola de Kanagawa. Estampa de Katsushika Hokusai

Dirigiendo nuestra mirada hacia América Latina, nos topamos con la obra del artista uruguayo Carlos Páez Vilaró. Conocido por sus vibrantes y expresivas representaciones, las pinturas de Páez Vilaró a menudo exudan una sensación de alegría y vitalidad. Sus paisajes marinos, impregnados de colores atrevidos y pinceladas dinámicas, celebran la vibrante cultura y la belleza natural de la costa uruguaya, invitando a los espectadores a sumergirse en el ritmo del mar.

© Carlos Paéz Vilaró. Casapueblo

 

El pintor español Joaquín Sorolla es reconocido por su dominio de la luz y el color. Captura en estas luminosas obras la esencia del ocio y la relajación junto al mar. Con hábiles pinceladas y buen ojo para los detalles, Sorolla transporta a los espectadores a playas bañadas por el sol y costas tranquilas, donde el mar sirve como telón de fondo para momentos de tranquila contemplación y conexión íntima.

 © Saliendo del baño, Valencia. Joaquín Sorolla y Bastida 1909. Museo Sorolla

© La hora del baño, Valencia. Joaquín Sorolla y Bastida 1909. Museo Sorolla

Finalmente, Salvador Dalí, el maestro del surrealismo, ofrece su propia interpretación del mar con Figura en una finestra (Figura en una ventana). Es uno de los doce retratos de su hermana Anna Maria asomada a la ventana, de espaldas, en la casa de vacaciones que la familia poseía en Cadaqués, a la orilla del mar. Se aprecia un eco del clasicismo picassiano. Rafael Santos Torroella ha asegurado que este lienzo es «un prodigio en su maestría al combinar los espacios ocupados y los espacios vacíos, haciéndolos equivalentes en sus valores compositivos hasta el punto de que habiendo eliminado hábilmente uno de los batientes de la ventana (el izquierdo), el espectador ni llega a advertir la anomalía que ello supone, y eso pese a que en ello reside precisamente, buena parte de la enigmática belleza que emana de un lienzo de tan límpida serenidad como este».

© Museo Reina Sofia / Figura en una finestra (Figura en una ventana). Salvador Dalí, 1925. Óleo sobre cartón piedra, 105 x 74,5 cm

Estas diversas obras (Le ciel de Matisse, La gran ola de Kanagawa de Hokusai, las vibrantes escenas costeras de Páez Vilaró, la luminosa serie Después del baño de Sorolla y la Finestra de Dalí) ofrecen cada una una perspectiva única sobre la relación del artista con el mar. Ya sea sereno o tumultuoso, real o surrealista, el mar continúa cautivando a artistas y espectadores por igual, sirviendo como una fuente eterna de inspiración e intriga. Al contemplar estas obras maestras, recordamos el vínculo eterno entre el artista y el mar, una relación tan profunda y misteriosa como el océano mismo.

 

 

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